Refresh, como sus antecesoras FreshMadrid o FreshForward, nace con la voluntad de convertirse en panorama de la arquitectura emergente de Madrid. Con toda probabilidad, a sus diferentes instigadores no se les escapa lo que el enunciado mismo tiene de problemático. Cualquier panorámica (con excepción quizá de la que se lleva a cabo desde “el punto de vista del Ojo de Dios”) nunca lo es tal, siempre traiciona su etimología (nunca lo “ve todo”) y, por tanto, con frecuencia asumirá el riesgo de dejar fuera de foco segmentos relevantes que debían entrar en plano. Aceptémoslo. Ahora bien, si ese es el precio que hay pagar para tomar la temperatura de la febril actividad proyectiva, teórica, especulativa y de intervención urbana que parece estar desarrollándose en estos momentos en los estudios de arquitectura de las generaciones de arquitectos más jóvenes, probablemente sea un precio que valga la pena pagar. Si el proyecto Fresh es un termómetro, año tras año el paciente da síntomas de tener una salud de hierro. Por su propia riqueza, la pluralidad y disparidad de las propuestas reunidas en Refresh se resentiría con cualquier intento de reducirlas a un sello común. No parece haber nexos ideológicos, formales o estéticos fuertes que articulen algo así como una clave generacional única o dominante en un muestreo que, si por algo resalta, es por la variedad de sus propuestas. Con todo, sí es posible percibir cierto aire de familia, líneas de intensidad que por su ocasional recurrencia dan la impresión de organizar ese trenzado generacional en torno a unos cuantos ampos de fuerza más o menos reconocibles.

Quizá de ellos el rasgo más sobresaliente es que estos trabajos ofrecen una prueba inequívoca de que la arquitectura está dispuesta a contagiarse y a fagocitar lenguajes, saberes, métodos y estrategias de los diversos entornos que la rodean. El proyecto arquitectónico (el construido, el premiado o, simplemente, el imaginado), parece seguir siendo, desde luego, el núcleo duro de muchas de las dinámicas de trabajo, pero no faltan casos en que se percibe la tensión de querer ir más allá de él, en un abanico de actividades que va desde la investigación teórica al trabajo en formato audiovisual, desde el diseño gráfico al diseño de complementos, del desarrollo de entornos web a la intervención artística o política en la ciudad. En ese contexto poliédrico, que sus agentes provengan casi en su totalidad de Escuelas de Arquitectura es sólo un dato más a tener en cuenta, pero quizá ni siquiera el más relevante pues ante lo que nos encontramos en no pocas ocasiones es ante el estudio de arquitectura convertido de hecho en una plataforma multidisciplinar. La creatividad de la que hacen gala estos proyectos da señales de que, de no hallar cauces arquitectónicos, podría reinventarse por las vías más diversas.

Nos hallamos ante una arquitectura donde esa creatividad se manifiesta tanto en los resultados como en los métodos de trabajo, donde la innovación afecta a los procesos tanto como a las estrategias y donde se rehuye todo halo autoral para dejar paso a una creación que reivindica para sí con insistencia la primera persona del plural. El trabajo de estudio siempre es, siempre ha sido, una creación colectiva; sus stakeholders involucran a clientes, constructores, poderes públicos, usuarios directos o futuras generaciones. Pero la construcción mediática del fenómeno arquitectónico, tal y como asistimos a ella desde hace años, no parece haber tomado en serio ese hecho elemental, deslizándose con frecuencia hacia esa suerte de anomalía-límite que acompaña al fenómeno de la arquitectura bajo la figura del arquitecto estrella. A juzgar por lo que Refresh ofrece ―y en una toma de posición que parece tener mucho de política― parece que en las jóvenes generaciones esa tentación ha quedado ampliamente neutralizada.
Cabe leer la reivindicación del trabajo bajo la forma de colectivo como la puesta en crisis de un concepto de autoría que, con las salvadas excepciones, persigue a la arquitectura desde que entrara en su fase moderna. En los casos que nos ocupan, esa crisis se manifiesta no sólo en la formación de equipos de tamaño y formación variable (desde el clásico formato de pareja hasta el colectivo más amplio y de composición relativamente flotante) sino en la reivindicación de dinámicas que apuestan por la confrontación de ideas y disciplinas, la incorporación de metodologías importadas de otros campos como el de las ciencias formales, un cierto retorno a la práctica artesanal anónima y, sobre todo, una generalizada renuncia a la certeza. El resultado de todo ello adquiere perfiles diversos y se traduce, según los casos, en una apuesta por una estética de la desaparición, en la reivindicación de la hibridación de contextos y la contaminación productiva, en la revalorización de lo difuso y de las apariencias, de la falta de control sobre el producto final, de la duda, del valor del tanteo o, directa y llanamente, en la del fracaso. Y todo ello, eso sí, doblado de cierto espíritu lúdico en el que la seriedad del trabajo parece no ser incompatible con el juego, el sentido del humor y una actitud pop, que refleja muy bien la juventud y el descaro de sus agentes. Las referencias invocadas parecen querer huir tanto de la seriedad circunspecta de décadas anteriores, como del extremo inverso que pudiera dejarse arrastrar a cierta actitud blasé. Manejan fuentes e inspiraciones procedentes de la cultura de masas, de la televisión, de la música pop, de la fotografía, del video clip, pero ―y esto es quizá lo tranquilizador― a diferencia de actitudes semejantes en el pasado, esa menor sacralidad no pretende desentenderse de la responsabilidad cívica que debe haber detrás de cualquier propuesta arquitectónica sino normalizarla sin estridencias como un elemento más del proyecto. La reactivación de la ciudad que se persigue con todo ello no apela sólo ni necesariamente a la organización de los espacios sino también y sobre todo a la creación de sistemas, con una atención por el detalle y por la escala micro que se concreta en la creación de tejido urbano a base de singularidades y que quiere ver en la arquitectura un dispositivo amplificador de las energías de la ciudad.

Por último, llama la atención (¿o quizá no?) que todos esos vectores multiformes de actividad parezcan haber encontrado en Madrid un canalizador más eficaz de sus urgencias creativas o un blanco particularmente desafiante de sus denuncias sociales o políticas. Sobre todo si pensamos en que desde el punto de vista geográfico, los orígenes culturales, las instituciones de formación o las estancias de trabajo, al menos en la convocatoria de este año, resultan ser tan variados como excéntricos a la capital: incluyen Japón, Rumanía, Holanda, Irán, Gran Bretaña además de una buena selección de las Escuelas del resto del país. Sin embargo, todos los aquí representados trabajan o esperan hacerlo desde la plataforma que ofrece esta ciudad. Puede ser un mero azar. O puede ser que Madrid conserve aún algo de aquel lugar donde nadie se podía sentir extranjero porque todos lo eran a su modo. Sea como fuere, es de esperar que toda esa energía lcance la masa crítica necesaria para explotar y revertir tarde o temprano sobre la propia ciudad sin perder en su despegue lo que ahora ofrece de juego colectivo, de placer inocente, de excusa para la diversión. Si lo hace, cabe apostar a que lo hará siguiendo un lema no formulado pero implícitamente ejercitado en muchas de estas propuestas: “Juguemos, pero juguemos en serio”.


Luis Arenas                                                          curriculum vitae
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